Escribir es apostarte.* Eso es. Escribir es un arma de dos filos. Es esconderse y que me encuentres donde no quiero que lo hagas, en el momento menos indicado: es exponerse. Yo te he escrito por tanto tiempo.
Eres un capitulo aparte. Eres aromas que no te han reconocido. Buscarte en el rostro de aquellos que se llamen igual que tú. Un peso encima. Decirme que te hable de cosas que no conozco. Repetirme que el deseo no puede ser nomás eso. Convencerme (que aunque sabes que no lo necesito) que no dices lo que quiero oir en este momento. Es reencontrarte. Pronunciar tu nombre mordiendome el labio, dejándote ver que haz ganado.
Somos. Certeza, una poca pero lo somos. Promesas rotas por mí. Eres tú repitiendome que no sólo se trata de mí, diciéndome todo lo que quieres. Ganas de dejarme caer. Todo el daño que no nos haremos. La conciencia de quienes somos.
Es jurarte que si me dices que vas a tal lugar, aunque ya lo hayas escuchado, yo te sigo con mis prioridades.
Dices que no cuestas nada. Asumo que quieres decir que eres fácil. Me dices paso a paso lo que debo hacer. Yo escucho atenta y me dejó perder (como si perder no fuera tan difícil después de todo con tanta distancia).
Yo pintaría la ciudad de negro.
respiro
No somos la jerarquización de prioridades. ¿Importa acaso?
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